CARTA CON RESPETO, ADMIRACION Y CARIÑO PARA TI, MONTSE

Emilio Martínez Fernández

“¡Oye! Vamos a hacer una tortilla de patatas en mi casa. Eso sí, la haces tú y la comemos juntos, como en familia”. Pues sí, aún más pequeño el número que una de las familias tan típicas españolas de antaño. Con esas palabras que respiraban una enorme hospitalidad, justo después de haber terminado una de las fatigosas clases del endiablado idioma japonés, Montse me espetó y agradablemente me sorprendió con estas palabras de tanto cariño.

No era la primera vez que hablábamos acerca de lo humano y lo divino, ni mucho menos era la primera vez que compartíamos un rato juntos charlando y comiendo el mismo plato de comida. Así la recuerdo y no la olvido, alegre y jovial; alguna vez, un poco agobiada por las situación y los derroteros por los que nos lleva o nos dejamos llevar en esta vida terrena, pero siempre con un montón de energía que le brillaba en los ojos y en la sonrisa.

Eran los momentos del día a día en el que se palpaban en su cara la jovialidad, todas las emociones e, incluso, me atrevería a decir los sentimientos. No lo escondía y abiertamente lo manifestaba.

Cuando tenía entre manos un pequeño proyecto enseguida lo comunicaba y lo hacía partícipe con aquellos a los que nos protegía y nos quería. Quizás fuera la cercanía de sabernos cercanos por venir del mismo país aunque no de la misma zona geográfica pero, aún así, sabiendo que latía entre nosotros ese compicheo y camaradería que muchas veces no se puede hacer partícipe a otras personas que no las sientes cercanas.

Montse era así, con quien ella tenía esa familiaridad para departir momentos compartía hasta las intimidades, su yo escondido, sus muchas experiencias que la habían llevado a viajar hasta lo más recóndito del mundo. Las experiencias de su Barcelona querida en su pequeñez y adolescencia, las etapas sudamericanas y el descubrimiento de la maternidad, las fuentes de la pasión por lo desconocido en el extremo más oriental.

Tan recóndito y lejano que lo seguía recordando y queriendo muy fuertemente dentro de ella misma pero que a la vez lo quería convertir en algo patentemente distante y olvidadizo.

Ese espíritu de enorme libertad, de ser mujer y de hacerse valer como mujer, y viajero que ya le afloraba desde la misma niñez por haber nacido a medias entre dos países que llevaba impreso en su mismo nombre.

Ese medio peregrinar por tan diversos lugares la convirtieron en una pequeña trotamundos. Recorrió con su moto de norte a sur un montón de lugares en lo más recóndito del Japón milenario, escudriñando los espacios de los campos de arroz y de la historia de un país que la había calado hondo y que ya no le fue del todo indiferente. Por momentos llegó a convertirse en ese mundo maravilloso que soñamos cuando somos niños, al que como en un precioso sueño se transportó. También fueron esos sueños de futuro los que la hicieron más cercana a los sueños de los libros de Kenji Miyazawa de los que se sintió enamorada, prendada, que la llevaron taciturnamente a desgranar el ramalazo cultural de la literatura japonesa.

Y recordando, recordando, se han pasado ya más de dos decenas de años. Se han pasado pero no los he enterrado en el pasado de la soledad.

Muy al contrario, parece justo hace eso mismo, dos días de esos recuerdos tan cercanos y, como hace poco leía en un libro, que no son nostalgia porque “la nostalgia es un sentimiento inútil que sólo conduce a la melancolía”.

Hoy me gustaría poder entregarte personalmente esta pequeña carta, pero, obviamente, ya se han pasado diez años de serenidad desde que tus esfuerzos maternales, sociales, culturales, profesionales, quedaron aparcados por obra y gracia de algo tan mundano y cruel como es la enfermedad.

Este, quizás, sea mi único reproche; más bien tenga que decirte que sea una manera de dejar traslucir mi pena por no haber podido ni siquiera darte un enorme abrazo, un beso amigo de despedida.

Pero ya ves que después de diez largos otoños sigo sintiéndote cercana y quiero ofrecerte un pequeño gesto generoso de amor amigo. Que este sentimiento humilde no se quiebre al mencionarlo y sea una pequeña plegaria a Dios que sirva para estar contigo muchos años más.

Un beso, Emilio

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